La escritura de Leila Sucari golpea en la cara como el viento de una tarde de invierno. Tiene el tono de voz perfecto para narrar las pequeñas batallas cotidianas y guiarnos por lo que acontece puertas adentro en la intimidad. “Una casa no es sólo el lugar donde se vive”, escribe con cierta nostalgia y se entrega a una vida nómade de mudanzas por la ciudad y viajes al campo donde la naturaleza irrumpe con su desborde. El verde es el paisaje de la infancia, pero también el de una deriva sensorial que incluye olores, sonidos e imágenes. Los sucesos de su vida se entremezclan con el amor, lo doméstico y las plantas: “Nos besamos y el aire huele a comida recién hecha y a flores inflamadas, mientras allá lejos, el mundo sigue ocurriendo y el viento agita los árboles”. En estas páginas, además, aparece la maternidad como un disparador que le permite recordar su niñez y pensar la de su hijo, manteniendo siempre un punto de tensión entre ambas. Mientras lucha contra la tiranía del tiempo compartido, interroga a la soledad y así lo extraordinario abre pequeños umbrales poéticos: no sólo los sucesos forman parte de estas crónicas, sino también los sueños, las lecturas y la fantasía. Hay algo de lo inaprensible, como si su escritura se desprendiera del intento de capturar con la mirada el movimiento de las cosas para poder contarlo.

Editorial Excursiones

170 p.

Te hablaría del viento - Leila Sucari

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La escritura de Leila Sucari golpea en la cara como el viento de una tarde de invierno. Tiene el tono de voz perfecto para narrar las pequeñas batallas cotidianas y guiarnos por lo que acontece puertas adentro en la intimidad. “Una casa no es sólo el lugar donde se vive”, escribe con cierta nostalgia y se entrega a una vida nómade de mudanzas por la ciudad y viajes al campo donde la naturaleza irrumpe con su desborde. El verde es el paisaje de la infancia, pero también el de una deriva sensorial que incluye olores, sonidos e imágenes. Los sucesos de su vida se entremezclan con el amor, lo doméstico y las plantas: “Nos besamos y el aire huele a comida recién hecha y a flores inflamadas, mientras allá lejos, el mundo sigue ocurriendo y el viento agita los árboles”. En estas páginas, además, aparece la maternidad como un disparador que le permite recordar su niñez y pensar la de su hijo, manteniendo siempre un punto de tensión entre ambas. Mientras lucha contra la tiranía del tiempo compartido, interroga a la soledad y así lo extraordinario abre pequeños umbrales poéticos: no sólo los sucesos forman parte de estas crónicas, sino también los sueños, las lecturas y la fantasía. Hay algo de lo inaprensible, como si su escritura se desprendiera del intento de capturar con la mirada el movimiento de las cosas para poder contarlo.

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