El personaje femenino que habla en La Anunciación habla porque recuerda. No tiene nombre, tiene una inagotable voz. La voz avanza como podría hacerlo en su lugar la poesía: desarmando, desalentando a los que busquen ahora de dónde asirse, imponiendo el estado de vigilia y sopor en el que se revuelca quien se murió en la víspera. Habla desde un viaje a Roma que hizo para salvarse. Una despedida imaginaria. Una conversación que sí ocurrió pero no debió de ser la última. El exilio y el diálogo con un amante que no hace otra cosa que escaparse a fuerza de una imaginación que no cesa, de la palabra textual y el beso que se aleja por tanto repetirse en el vacío.

La voz de esta mujer que recuerda oscila entre el suicidio y el trabajo de memorizar, se encuentra constantemente intervenida por otros personajes de su pasado, de sus lecturas, de los propios poemas de María Negroni, de la fantasmagórica Roma, el anagrama donde sobrevive en un exilio.

El deseo, la memoria y la palabra son tres ardores incapaces de responder a la pregunta sobre el porqué. Pero avanzan. La voz enamorada va dirigida a Humboldt, el nombre falso con el que un joven de apenas 20 años que es o pudo haber sido el amor, encaró su militancia y su muerte incierta, su desaparición. Estrictamente a ese nombre va dedicado este esfuerzo. Sí, por allí reaparecen compañeros de militancia, las críticas sonámbulas a las reglamentaciones internas, palabras vehementes sobre el Imperialismo y la patria, el panfleto o la independencia del arte.

Mientras tanto, el personaje al que se le escapa de las manos esta historia es interpelado por la palabra casa, el ansia, los compañeros y también por la Vida Privada que intenta rescatarla aconsejándole que salga, que se divierta, que se compre ropa.

Negroni, en esta novela, se dirige hacia los hechos del pasado con el aturdimiento de alguien que no termina de despertar de una calamidad. En el mismo sueño, Athanasius, personaje del siglo XVII, fabrica un museo de la clasificación, una joven llamada Emma, como otra Emma, pinta siempre el cuadro de La Anunciación. Humboldt no sólo está presente en toda la trama, figura también en la dedicatoria de la novela.

La voz aturdida parece repetir lo mismo que repetía el silencio de Alejandría. Ni la ficción ni lo que deja ver la realidad darán el porqué de la rosa. Ni siquiera la soledad va a ser la misma.

Club Cinco ediciones

La anunciación - María Negroni

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El personaje femenino que habla en La Anunciación habla porque recuerda. No tiene nombre, tiene una inagotable voz. La voz avanza como podría hacerlo en su lugar la poesía: desarmando, desalentando a los que busquen ahora de dónde asirse, imponiendo el estado de vigilia y sopor en el que se revuelca quien se murió en la víspera. Habla desde un viaje a Roma que hizo para salvarse. Una despedida imaginaria. Una conversación que sí ocurrió pero no debió de ser la última. El exilio y el diálogo con un amante que no hace otra cosa que escaparse a fuerza de una imaginación que no cesa, de la palabra textual y el beso que se aleja por tanto repetirse en el vacío.

La voz de esta mujer que recuerda oscila entre el suicidio y el trabajo de memorizar, se encuentra constantemente intervenida por otros personajes de su pasado, de sus lecturas, de los propios poemas de María Negroni, de la fantasmagórica Roma, el anagrama donde sobrevive en un exilio.

El deseo, la memoria y la palabra son tres ardores incapaces de responder a la pregunta sobre el porqué. Pero avanzan. La voz enamorada va dirigida a Humboldt, el nombre falso con el que un joven de apenas 20 años que es o pudo haber sido el amor, encaró su militancia y su muerte incierta, su desaparición. Estrictamente a ese nombre va dedicado este esfuerzo. Sí, por allí reaparecen compañeros de militancia, las críticas sonámbulas a las reglamentaciones internas, palabras vehementes sobre el Imperialismo y la patria, el panfleto o la independencia del arte.

Mientras tanto, el personaje al que se le escapa de las manos esta historia es interpelado por la palabra casa, el ansia, los compañeros y también por la Vida Privada que intenta rescatarla aconsejándole que salga, que se divierta, que se compre ropa.

Negroni, en esta novela, se dirige hacia los hechos del pasado con el aturdimiento de alguien que no termina de despertar de una calamidad. En el mismo sueño, Athanasius, personaje del siglo XVII, fabrica un museo de la clasificación, una joven llamada Emma, como otra Emma, pinta siempre el cuadro de La Anunciación. Humboldt no sólo está presente en toda la trama, figura también en la dedicatoria de la novela.

La voz aturdida parece repetir lo mismo que repetía el silencio de Alejandría. Ni la ficción ni lo que deja ver la realidad darán el porqué de la rosa. Ni siquiera la soledad va a ser la misma.

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