La historia de El lecho transcurre en un día, y en un año. Daniela se mueve por la ciudad con dos bebés. La transportan autos cuyos conductores desconoce. Cien pesos y algunos pañales es con todo lo que cuenta. Hay una tarea y una recompensa: cuidar a la niña a cambio de cosas para recuperar lo que se perdió. Pero esos son términos del cálculo, ajenos al vitalismo de una adolescente.

El lecho podría contarse en un par de escenas: a orillas de un río barroso un grupo de chicos pesca restos que bajan con el agua, el asiento de un auto, la puerta de una heladera; solo Daniela parece temer a un cuerpo que fl­ote y aparezca entre las chapas. En las calles que conducen al barrio se montan piquetes que consiguen vaciar  camiones; más adentro, las mujeres se organizan alrededor de la cooperativa. Es un mundo sin hombres, o indiferente a ellos. Amigas y madres, mujeres exuberantes, desesperadas, funcionarias compasivas. Esteban López Brusa no hace de mujeres y niños los sobrevivientes de una tragedia, sino el desplazamiento de una experiencia que nunca está donde los hechos pretenden preverla. Una novela pobre; allí cada lengua social no tiene más remedio que obrar con su palabra el término preciso de otra, siempre que algo igual al cielo cae.

Eme editorial

158 págs.

 

El lecho - Esteban López Brusa

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La historia de El lecho transcurre en un día, y en un año. Daniela se mueve por la ciudad con dos bebés. La transportan autos cuyos conductores desconoce. Cien pesos y algunos pañales es con todo lo que cuenta. Hay una tarea y una recompensa: cuidar a la niña a cambio de cosas para recuperar lo que se perdió. Pero esos son términos del cálculo, ajenos al vitalismo de una adolescente.

El lecho podría contarse en un par de escenas: a orillas de un río barroso un grupo de chicos pesca restos que bajan con el agua, el asiento de un auto, la puerta de una heladera; solo Daniela parece temer a un cuerpo que fl­ote y aparezca entre las chapas. En las calles que conducen al barrio se montan piquetes que consiguen vaciar  camiones; más adentro, las mujeres se organizan alrededor de la cooperativa. Es un mundo sin hombres, o indiferente a ellos. Amigas y madres, mujeres exuberantes, desesperadas, funcionarias compasivas. Esteban López Brusa no hace de mujeres y niños los sobrevivientes de una tragedia, sino el desplazamiento de una experiencia que nunca está donde los hechos pretenden preverla. Una novela pobre; allí cada lengua social no tiene más remedio que obrar con su palabra el término preciso de otra, siempre que algo igual al cielo cae.

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