Cincuenta y ocho años han transcurrido desde que escribí el punto final de esta novela que usted, querido lector, tiene ahora en sus manos. En aquel 1958 todavía el cine no había aparecido en mi vida y ni siquiera soñaba que me convertiría en lo que en realidad soy para los demás: un director de cine. Continué escribiendo -siempre- poesía, cuentos, teatro, filmé un cortometraje, Biografías, poco después mi primer largo, La cifra impar. Durante todo ese tiempo, mantuve esta novela voluntariamente encerrada entre mis papeles, resguardándola de no sé qué supuesto lector que yo no conocía y que, con seguridad, tampoco debía existir tal como lo imaginaba.
Ya que tantos años estuvo oculta tengo que hacerle algunas confidencias. Alta la luna, al igual que todos mis textos anteriores, fue escrita a escondidas, en línea con una costumbre que había adquirido mientras vivía con mis padres junto a mis siete hermanos. ¿Por qué perseveraba en ese hábito de escribir en secreto? Tal vez respondía a un enorme deseo de soledad en medio de una familia numerosa donde el aislamiento y el silencio, requisitos indispensables para pensar y escribir, resultaban casi imposibles. Pero la verdad, no lo sé. La novela había surgido en la oscuridad y permanecería allí casi seis décadas.
Varias veces durante todos esos años tuve la tentación de presentarla a concursos, no puedo negarlo. Pero desistía ante la absurda idea de que corriera la fortuna de ser premiada y eso me obligara a cambiar de rol. Ya era director de cine, no me adecuaba a la idea de convertirme, súbitamente, en escritor. Aunque siempre había sido, en realidad, mi gran ambición. Estaba ya resignado a ese camuflaje de mi otro yo, de mi vida detrás del papel, el texto impreso, el fuera de cámara, cuando recibí ¿a mis casi noventa años¿ un mensaje sorprendente. El director de una importante editorial argentina, a cuyas manos había llegado inexplicablemente el manuscrito de la novela, me proponía publicarla.
¿Cómo? ¿Qué? Mi sorpresa fue tal que en un principio me negué.
No, no y no. ¿Arrancar esas páginas de la oscuridad? ¿Confesar una vocación de la adolescencia que me llevó a escribirlas, cincuenta y ocho años después de apartadas del mundo? ¿Cambiar de personaje de un día para otro?
Por fin, me dije ¿y por qué no? Si he llegado hasta aquí es precisamente porque me animé a arriesgar antes tanto. ¿Qué he hecho hasta ahora, desde aquellos lejanos años, sino escribir cine o, mejor dicho, hacer cine con lo ya escrito? Fiel a la literatura, desde 1960 filmé diez películas inspiradas en textos de Cortázar, Roa Bastos, Güiraldes. Hudson, Beatriz Guido. Y quedaron sin realizar otros de Marechal, Borges, Bioy Casares y García Márquez. Cosas de este mundo.
El resultado de tantas dudas, peripecias y preocupaciones lo tiene usted en sus manos en este momento. Usted dirá finalmente si está bien o no iluminar de pronto tantos años de oscuridad.
Manuel Antin.

Aurelia Rivera 

125p.

 

Alta la luna - Manuel Antin

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Cincuenta y ocho años han transcurrido desde que escribí el punto final de esta novela que usted, querido lector, tiene ahora en sus manos. En aquel 1958 todavía el cine no había aparecido en mi vida y ni siquiera soñaba que me convertiría en lo que en realidad soy para los demás: un director de cine. Continué escribiendo -siempre- poesía, cuentos, teatro, filmé un cortometraje, Biografías, poco después mi primer largo, La cifra impar. Durante todo ese tiempo, mantuve esta novela voluntariamente encerrada entre mis papeles, resguardándola de no sé qué supuesto lector que yo no conocía y que, con seguridad, tampoco debía existir tal como lo imaginaba.
Ya que tantos años estuvo oculta tengo que hacerle algunas confidencias. Alta la luna, al igual que todos mis textos anteriores, fue escrita a escondidas, en línea con una costumbre que había adquirido mientras vivía con mis padres junto a mis siete hermanos. ¿Por qué perseveraba en ese hábito de escribir en secreto? Tal vez respondía a un enorme deseo de soledad en medio de una familia numerosa donde el aislamiento y el silencio, requisitos indispensables para pensar y escribir, resultaban casi imposibles. Pero la verdad, no lo sé. La novela había surgido en la oscuridad y permanecería allí casi seis décadas.
Varias veces durante todos esos años tuve la tentación de presentarla a concursos, no puedo negarlo. Pero desistía ante la absurda idea de que corriera la fortuna de ser premiada y eso me obligara a cambiar de rol. Ya era director de cine, no me adecuaba a la idea de convertirme, súbitamente, en escritor. Aunque siempre había sido, en realidad, mi gran ambición. Estaba ya resignado a ese camuflaje de mi otro yo, de mi vida detrás del papel, el texto impreso, el fuera de cámara, cuando recibí ¿a mis casi noventa años¿ un mensaje sorprendente. El director de una importante editorial argentina, a cuyas manos había llegado inexplicablemente el manuscrito de la novela, me proponía publicarla.
¿Cómo? ¿Qué? Mi sorpresa fue tal que en un principio me negué.
No, no y no. ¿Arrancar esas páginas de la oscuridad? ¿Confesar una vocación de la adolescencia que me llevó a escribirlas, cincuenta y ocho años después de apartadas del mundo? ¿Cambiar de personaje de un día para otro?
Por fin, me dije ¿y por qué no? Si he llegado hasta aquí es precisamente porque me animé a arriesgar antes tanto. ¿Qué he hecho hasta ahora, desde aquellos lejanos años, sino escribir cine o, mejor dicho, hacer cine con lo ya escrito? Fiel a la literatura, desde 1960 filmé diez películas inspiradas en textos de Cortázar, Roa Bastos, Güiraldes. Hudson, Beatriz Guido. Y quedaron sin realizar otros de Marechal, Borges, Bioy Casares y García Márquez. Cosas de este mundo.
El resultado de tantas dudas, peripecias y preocupaciones lo tiene usted en sus manos en este momento. Usted dirá finalmente si está bien o no iluminar de pronto tantos años de oscuridad.
Manuel Antin.

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125p.